Elena se reunía todas las mañanas con sus amigas a tomar un café después de dejar a los niños en el colegio. Para ellas era una hora de terapia y de romper con la rutina del hogar. Todas ellas llevaban varios años de feliz y monótono matrimonio, a excepción de Alicia que se había separado hacía unos meses. Aunque ella no lo confesaba nunca, todas sabían que su marido la había engañado con su secretaria, pero ella siempre decía que le había dejado porque se les había acabado el amor.

Uno de aquellos días la conversación derivó precisamente en la cantidad de hombres y mujeres que engañaban a sus parejas. A Elena se le ocurrió comentar que en la oficina de su marido, él mismo decía que tenía compañeros, e incluso alguna compañera, que habían puesto los cuernos a sus parejas por el hecho de sentirse todavía deseados.
Alicia aseguró que cualquier hombre o mujer al que le tentaran o le pusieran el caramelo en la boca, por mucho que quisiera o respetara a su mujer, caería.

Aquella mañana la discusión del café se fue calentando, las opiniones eran variadas, muchas pondrían la mano en el fuego por sus maridos. Entre ellas, Elena, que llevaba casada felizmente diez años y jamás habría dudado de su pareja.
Alicia le dijo que su marido era igual que todos y que estaba segura de que también caería como cualquiera ante la insinuación de otra mujer, por mucho que ella lo pusiera en duda.

Para salir de este estado de incertidumbre convinieron entre todas en hacer una apuesta. Alicia, que coincidía en el gimnasio con Mario, el marido de Elena, debía conseguir que este le propusiera sin más un fin de semana en un parador en la sierra de Madrid. Para ello disponía de un mes de plazo.

Ese día el café resultó de lo más entretenido, hacía tiempo que no se reían y se lo pasaban tan bien.

Mario trabaja en una farmacéutica de lunes a viernes y tenía por costumbre ir tres o cuatro días por semana al gimnasio. Nunca se preocupaba demasiado por su físico aunque sí era partidario de cuidarse. Normalmente pasaba en el gimnasio hora y media y para estar cuanto antes con su familia se duchaba en casa.

Esa semana, por el contrario, había llegado ya duchado, oliendo a desodorante e incluso se había quedado a tomar algo con un amigo del gimnasio, según dijo.

Últimamente la hora del café no estaba siendo tan distendida como solía ser para Elena. Los hábitos de su marido habían cambiado aunque ella no les quería dar importancia, aunque por dentro la remordía la curiosidad.
Alicia, con sorna, decidió preguntarle qué tal su querido esposo, si seguía poniendo la mano en el fuego por él, si seguían con el juego o lo dejaban como hasta entonces. Elena, llena de orgullo y confianza en Mario, dijo que sí.

En la comida del sábado, como que no quiere la cosa, Mario insinuó que posiblemente a final de mes tuviera que marchar un par de días a visitar a un cliente. En ese momento Elena se puso muy inquiet: su marido en contadas ocasiones había tenido que salir por temas de trabajo. Hacía muchos años que no se ausentaba y menos desde que tuvieron los gemelos.

Alicia empezó a estar más esquiva, parecía incluso que se arreglaba más. Las amigas empezaron a sospechar que la broma igual se las había ido de las manos y sería mejor dejarlo estar. Pero Elena, como buena curiosa, quería llegar hasta el final.

Finalmente Mario se tuvo que ausentar dos días. Ese miércoles por la mañana, como todos, Elena no faltó a la cita del café. Alicia sí lo hizo. El ambiente estaba tenso, nadie hablaba de la ausencia de esta. Hasta que Elena no contuvo su ira y lanzó la pregunta:
-¿Dónde se ha metido hoy Alicia? Si sabéis algo, decídmelo.

Entre ellas convinieron en decirle la verdad finalmente:

-Alicia ha ganado la apuesta.

Elena enfurecida cogió el coche y a toda velocidad puso rumbo al parador de Navafría. En media hora había llegado y vio el coche de su marido en el aparcamiento, todavía permanecía dentro. No estaba solo, en el asiento del copiloto alguien le acompañaba . Aún quería creer que podría ser Álvaro, su compañero de trabajo. Elena se fue acercando para intentar aparcar cerca de este y, cuando vio que las dos cabezas de dentro se fundían en un beso, frenó en seco. El corazón la iba a mil por hora y condenó el maldito juego en el que ambas se habían metido.

En solo un mes la plácida vida de Elena había dado un giro de 360º. Perdió su café diario, el grupo de tertulia, al que no quiso volver a acercarse, a Alicia, a la que consideraba hasta entonces su amiga, y lo que era peor, un matrimonio que parecía que nada podía estropear.
Solo fue su curiosidad la que acabó con la felicidad de su vida.

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar